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Las inútiles discusiones de Twitter



No copiaré yo las malas mañas de tantos columnistas, que cuando no saben de qué escribir rellenan una cuartilla entera con citas de otros textos para ocupar espacio, o recomiendan libros que quizás leyeron, como Escombros, la nueva novela de Fernando Vallejo que apenas estoy terminando con alto goce. Los lectores habrán notado que esta práctica suele ser usual en las vacaciones decembrinas o a principios de año. Lo que ahora está de moda en las columnas de opinión es hacer comparaciones forzadas entre el acontecer nacional y la película "No miren arriba". El filme refleja de manera satírica la estupidez de nuestra época. Un cometa amenaza con impactar en la Tierra y barrer toda la vida que hay en el planeta. En vez de preocuparse y tomar cartas en el asunto, el gobierno minimiza la contingencia y la humanidad prefiere discutir sobre si el meteoro es real, una noticia falsa o una conspiración. Algo que se agradece de estos tiempos transformadores es la abundancia de temas en la agenda pública. Sorprende, entonces, la facilidad con la que nos distraemos y caemos en la trampa de las boberías del momento, en vez de mirar al cielo y ver lo realmente importante. Justo como en la película de Netflix.

Apenas han transcurrido dos semanas de enero y en Twitter han florecido las discusiones triviales que no llevan a nada. En el primer día del año nos enteramos que una estatua de López Obrador había sido destruida en Atlacomulco. Pocos se cuestionaron por qué, en primer lugar, se había montado una estatua tan horrorosa a pesar que el presidente mismo ha rechazado que se le erijan monumentos. Las voces de Twitter en seguida comenzaron a vociferar que la destrucción de la estatua era una afrenta al pueblo de México, un acto terrorista, una amenaza de muerte. Del otro lado fueron más ridículos. Varios malquerientes de AMLO vieron en la figura vandalizada el inicio del fin del régimen, la prueba irrefutable del desprecio nacional a su persona. Hicieron comparaciones con el derribo de la estatua de Saddam Hussein durante la invasión estadounidense en Irak en 2003. Festejaron como si se tratara del triunfo de una revolución, la caída de un imperio malévolo. Luego, para su desgracia, salieron encuestas que mostraban que el presidente se mantiene alto en su aprobación y que MORENA puede ganar cinco de seis gubernaturas en la próxima elección.

Se muestran fotografías de cómo se verán los baños del nuevo aeropuerto Felipe Ángeles, decorados con imágenes de lucha libre y otros referentes de la cultura popular mexicana, y la reacción en redes sociales es discutir sobre cómo debería verse un baño decente. El gobierno de la Ciudad de México anuncia que le dará becas a todos los niños para que continúen sus estudios, y aunque suene sorprendente, hubo voces que se manifestaron en contra de esa política pública, alegando desde el privilegio que cuál era el mérito de los niños para recibir los apoyos. López Obrador se contagia de Covid-19 por segunda vez, y pareciera que a fuerza uno tuviera que escoger entre orar por él o desearle el mal. Tampoco faltó el regaño del púlpito de la superioridad moral: "Se le dijo, se lo merece, y a ver y por qué no le funcionó el detente, y a ver y no que los honestos no se contagian". Campo repleto de falacias que imposibilitan el mínimo debate.

Lo curioso es que al mundo de allá afuera no le interesa las discusiones baratas de Twitter. ¿Quién se acuerda de estos temas que sucedieron hace apenas dos semanas? Ya se olvidaron, cómo si se tratara de los alcaldes asesinados en México. Y mientras tanto, hay cientos de personas formadas afuera de hospitales públicos, esperando la eternidad por una ficha para realizarse una prueba de Covid-19.

Me imagino Twitter como una calle sucia y caótica repleta de gente que habla al mismo tiempo, cada quien hablando sin ningún interés en escuchar al vociferante de al lado. Voces que se pierden debido al estruendo que ellas mismas causan. A nadie le interesa la opinión del otro. ¿Entonces por qué perder el tiempo ahí? ¿Qué tan útil es escribirle buenas vibras a un presidente que no leerá ese mensaje? ¿En dónde está la decencia cuando se le desea que empeore su enfermedad? Le damos demasiada importancia a lo que dicen cuentas que tuitean como si el mundo entero les hubiera rogado por sus opiniones, reflexiones, regaños, indirectas, adulaciones, quejas, reclamos. El mensaje correcto es aquel que reafirme mis creencias y prejuicios. Discusiones donde nadie gana, nadie aprende algo nuevo, nadie convence al otro de nada, ni lo invita a cuestionarse sus propios argumentos y posturas. Solamente se trata de hacer ruido. Tanto ruido para que dejemos de escucharnos. Dimes y diretes que al día siguiente se olvidan, porque siempre habrá una nueva pendejada sobre la cual discutir. El cometa viene hacia nosotros, y nosotros preferimos ganar likes y retuits que no harán ninguna diferencia.

¿Mi consejo? Sálganse de redes sociales. Quémenlas. Arrójenles sal. Ignoren a todos. Lean libros o pasen más tiempo con sus perros, aunque eso le cause urticaria al Papa Francisco, reconocido experto en crianza y paternidad. Tardé en darme cuenta que los perros mejoran la existencia. Antes se decía lo mismo de los libros, pero creo que los perros son superiores. Si los tienen, sáquenlos a pasear, jueguen con ellos en el piso. Hay vida fuera de las redes sociales. Ignoren a los pobres diablos de Twitter, y de paso también ignoren al Papa. Ahora, con su permiso, iré a jugar con mis perros. Ahí está el secreto de la felicidad, si es que eso existe.


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