Por Yuriria Sierra
Columna: La risa de Duarte
La risa de Duarte
2017-04-19 | 09:07:19
La risa es un placer mixto, decía Sócrates. Tal vez porque nos reímos cuando en verdad algo nos resulta gracioso o cuando algo nos resulta completamente estúpido.

Pero de igual forma (aunque con otra intensidad), cuando algo nos resulta difícil de entender, cuando algo nos resulta señal de que se vienen tiempos complicados o como mera salida de emergencia para evitar romper en llanto.

La risa es una expresión humana que todos utilizamos como mejor nos acomoda. Y es la risa, una de las características que más se asocia con la persona pública de Javier Duarte.

Así se lo escuché decir a Alejandro Aguirre, periodista veracruzano que ha seguido con lupa los pasos y despropósitos del exgobernador, desde que aparecieron las primeras señales de abuso y corrupción. Javier Duarte, con sus risas siempre disonantes.

Con esas risotadas casi siempre fuera de lugar, y no por la estridencia (nada mejor en el mundo que una buena carcajada), sino por los motivos que las provocaban. La risa y la burla como mecanismo de defensa, como medio falaz para desacreditar al interlocutor, como rayo láser para desviar la atención hacia otro lado.

Y es que la pregunta que nos hemos estado haciendo todos desde que el sábado por la noche vimos las imágenes de la detención de Duarte en Guatemala: ¿de qué carajos se está riendo? Y es que no fue un momento, fueron varios en los que al veracruzano se le vio sonriendo y aparentando una tranquilidad que sorprende en alguien con tantas cuentas por pagar.

¿Acaso ríe Duarte por los delitos de delincuencia organizada, lavado de dinero y defraudación fiscal que se le imputan? Pero estos delitos anotados en su expediente no son los únicos pendientes que tiene con la Historia (con mayúsculas).

¿Se ríe de las empresas fantasma que creó para la triangulación de recursos y ese enriquecimiento inexplicable que le permitió tener decenas de propiedades?

¿De los centenares de trabajadores en Veracruz a los que no les pueden pagar —todavía hoy— sus quincenas porque Duarte dejó en quiebra al estado? ¿De todos los acreedores que todavía hoy no logran cobrar los bienes y servicios prestados hace cinco, cuatro, tres, dos años?

¿De las sillas de ruedas halladas en la bodega? ¿O se acordó de las planas que industriosamente completó su esposa Karime Macías en un cuaderno? ¿Se ríe ante la ironía de pensar que a ella sí le sirvieron sus planas con “decreto” porque ella sí que sigue libre?

¿O la risa es por los diecisiete periodistas que fueron asesinados durante su gestión? ¿O de los tres que continúan desaparecidos? ¿De la violencia sobre la población general que pasó del 64 a 85.1%, según la Encuesta Nacional de Victimización?

¿O de que en sus seis años, la tasa de homicidios aumentó en un 158%? ¿Será que lo mata de la risa que Veracruz se convirtiera en el segundo estado de la República con el mayor registro de desaparecidos, apenas después de Guerrero?

¿O sencillamente le arrancan una sonrisa las 125 fosas clandestinas descubiertas en su estado y en las que se han encontrado más de 250 cuerpos? ¿Le agarró la risa sólo de acordarse que dejó a Veracruz tan endeudado (de 21 mil 500 millones en 2010 a 45 mil 776 millones de pesos en 2016) que no hay recursos suficientes para realizar procedimientos de identificación para todos esos cuerpos encontrados? ¿O de lo ocurrente que fue al realizar la compra de falsos tratamientos de quimioterapia para niños con cáncer o de pruebas igualmente falsas para pacientes con VIH?

¿De qué carajos se ríe Javier Duarte de Ochoa? Ante tales atrocidades, ni Sócrates nos podría dar una respuesta que no pase obligadamente por el terreno de la vileza, la ruindad y la demencia. Y esos no son placeres mixtos. La risa de Duarte, la del sábado, es la fotografía de su abominación. Y la del entorno que la hizo posible.
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