Francisco E. Heredia Quintana / Opinión
El cementerio que habitamos, las lágrimas que ignoramos
2017-03-23
Debe ser difícil acostumbrarse a una ausencia amarga, a ese silencio vacilante que rasguña las madrugadas y que alimenta al monstruo del insomnio con el murmullo de incansables preguntas: ¿dónde estás?... ¿te encontraré? …¿por qué tú?
Debe ser doloroso que a cada día en cualquier instante la más mínima circunstancia cotidiana haga recordar a quien no está, y se naufrague una y otra vez en ese oasis de lágrimas y espejismos, de añoranzas y resignación.
Debe ser complicado aferrarse a un recuerdo que cada vez se distorsiona, que cada vez se hace lejano, se disuelve y se renueva entre sollozos y ansiedades, debe doler observar una recamara, con las pertenencias, el peine, cuadernos, las cosas de aquel que quizá ya no vuelva, debe ser agobiante ver cómo la almohada desfallece cada día, sentir como el aroma de quien se extraña agoniza entre el polvo y la tristeza.
Debe resultar bastante extraño toparse con recuerdos sabor a piel y sonrisas, con esa voz que les llama tan cercana desde las sombras y al extender la mano...no hallar nada, sólo el vacio, solo la noche y la inmensidad de sombras.
Será acaso un reto poder articular una sonrisa, asomar una mueca de alegría, cuando hay una ausencia que les ha dejado el alma agrietada, cómo seguir cuando hay un desaparecido en el hogar, cómo cambia la vida, cómo es el día a día de estas madres, padres, hermanos de estas familias que están rotas, incompletas.
No importa cómo haya sido, la tragedia tocó su puerta y hay alguien de los suyos que ya no está y no le encuentran.
Cómo sobrevivir a la hora de la cena, cuando todos los rostros que se aman se unen y hablan de su jornada, cómo lidiar con los aniversarios, con los cumpleaños, de dónde sacar esa fuerza para no sentir que algo dentro va muriendo poco a poco.
Sus lágrimas nos son ajenas; no deberían de serlo. Su lucha nos es indiferente, no nos pesa, no nos lacera el alma; no debería ser así ya que todos estamos deambulando en esta entidad que es un cementerio inaudito.
Sus reclamos nos parecen algo que leemos en las noticias, algo que desaparece al cambiar de canal, al doblar las hojas de periódico, no sentimos empatía verdadera, ni intimidad con esa tragedia, con ese desasosiego, simplemente seguimos sumergidos en nuestros días, convertidos en cómplices por omisión, por callar, por ser gélidos e indiferentes.
Colectivo Buscando a Nuestros Desaparecidos y Desaparecidas de Veracruz, Colectivo Solecito de Veracruz, Red de madres de desparecidos de Veracruz y demás activistas, son personas que se han acostumbrado a que sus lágrimas sean ignoradas, a que sus reclamos sean desestimados y su profundo dolor sea mancillado.
Son personas que han convertido su vida en una lucha, en una consigna, y no escatiman en desvelos, cansancio, ni dinero con tal de seguir buscando, de encontrar, identificar, resolver y si es posible hacerlo, cerrar este episodio negro en sus vidas.
Son personas comunes, padres y madres de familia con una determinación incansable, han unido su voz para derribar las murallas de la burocracia, en su dolor han encontrado la fuerza para salir adelante, para acostumbrarse a ese velo de tristeza e indignación que les cubre su existencia.
Sus manos escarban entre lodo y maleza, no sienten el sudor que humedece sus espaldas, ni el sol que carcome sus rostros, solo sienten esas ganas de llegar hasta el final, esa determinación por seguir hundiendo las yemas de los dedos en los terrenos más áridos o en los pantanos más viscosos, hurgar en la profundidad, con el alma en un hilo preguntándose ¿estarás aquí?, ¿serán estos tus restos?, aquí terminó tu vibrante energía, mutilada(o), golpeada(o), asesinada(o), qué historia contarán estos cráneos, estos huesos maltrechos e incógnitos podrán revelar cómo fueron tus últimos momentos.
“Dicen que no hay recursos para investigar pero sí para campañas millonarias, para nosotras no hay, para encontrar a nuestros hijos, ese es el México que vivimos ese el México que merecemos, esa es la calidad de las autoridades que nosotros merecemos”, dijo Ángeles Diaz Genao de Solecito Veracruz.
“Al desaparecer a las personas y su identidad, desaparece la humanidad de un país; llegamos al máximo daño que puede haber, son crímenes de lesa humanidad. Nos estamos autodestruyendo. El grado máximo de violencia contra un ser humano, es ese, no creo que pueda haber otro... Esto que estamos viviendo yo ya no sé ni cómo catalogarlo. Nunca habíamos vivido un México así, y aún falta Tierra Blanca, Acayucan, Coatzacoalcos, Orizaba y Córdoba”, así con esa contundencia en su mensaje el Padre Alajandro Solalinde denunció que prácticamente lo peor está por venir.
Su presencia en la entidad fue un estruendo que no pasó desapercibido.
Hace aproximadamente seis años el hoy candidato al premio nobel de la paz ya había alertado que Veracruz era el cementerio clandestino más grande de México, aseguraba que sabía de testimonios e historias, sin embargo sus declaraciones se disolvieron en el tiempo, se desestimaron, no hubo denuncias, tampoco ofreció más detalles de sus afirmaciones y las autoridades y medios de comunicación no dieron seguimiento a las declaraciones del sacerdote.
Hoy su voz tiene otro matiz, sus palabras tienen otro peso ya que según los hechos recientes el tenía razón, el estado de Veracruz es un cementerio impune y clandestino.
“Secuestros, asesinados, fosas clandestinas, cuerpos deshechos en barriles con diésel, se trata de actos criminales realizados por grupos delictivos con la complicidad de autoridades”, dijo el sacerdote y fue más allá al asegurar que Sacerdotes y obispos de la iglesia católica de Veracruz conocían de los crímenes, desapariciones, fosas y cuevas donde los delincuentes llevaban a las víctimas, pero se negaron a denunciar porque recibieron favores de los exgobernadores Fidel Herrera Beltrán y Javier Duarte de Ochoa.
Del 14 al 17 de marzo Coatzacoalcos vivió cuatro días de muerte en donde un total de 11 personas fueron asesinadas, más allá de los detalles en cada homicidio lo que sin duda impacta en la cifra de violentos asesinatos en tan poco tiempo.
En Coxquihui Veracruz ocurrió un enfrentamiento que dejó 8 personas muertas entre ellos cinco policías municipales y hasta el cuñado del alcalde, además de daños al ayuntamiento e incendio de diversos vehículos, la postura oficial atribuyó estos hechos a conflictos entre dos familias.
En Yanga sujetos desconocidos asesinaron al periodista Ricardo Monlui, de varios impactos de bala, salía de un restaurante con su esposa e hijo cuando fue agredido.
Esta lucha de grupos criminales, estos enfrentamientos familiares, estos asesinatos aislados...ciertamente no importa demasiado clarificar por qué suceden, lo que cimbra es que ocurren, hay en el estado de Veracruz el espacio para ejercer la violencia y las consecuencias o la justicia es lenta en llegar.
Hay un cementerio que habitamos y no queremos abrir los ojos para darnos cuenta, hay un ajuste de cuentas o un reacomodo constante entre los grupos criminales, hay una violencia desbordada a la que decidimos ignorar para no hacer nada.
Ellos, las familias de los desaparecidos resisten...Hay alguien que extrañan, sus fotos se han multiplicado y revolotean como mariposas de luz por toda la casa, debe sentirse un hueco en el estómago, cuando escuchan aquella canción, cuando son asaltados por esa turbulencia de recuerdos que los lleven a un viaje glorioso y espontaneo en el que transitan de la risa al llanto.
Estas familias, han aprendido a vivir con la zozobra como su pan de cada día, a tener siempre encendida la luz de la esperanza pero sin despegar las manos de las palas, de las bolsas, de los mapas que los llevan a esos lugares de olor a muerte e impunidad a esas colinas, a esos terrenos baldíos, a esos cementerios donde algún día esperan hallar la ansiada paz.
heqfe@hotmail.com
DI Noticias Noche 20 de Mayo del 2015
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