Vida y Sociedad Una cierta mirada de mujer
Coatzacoalcos, Ver.: Detalle de un cuadro al óleo del artista novohispano oaxaqueño Miguel Cabrera, exponente de la pintura barroca en el virreinato, con póstuma recreación de la gran monja profesa jerónima. / Agencia
Taller de Crónica Narrativa de la Sociedad Historiográfica de Coatzaoalcos

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Coatzacoalcos, Ver. / 2017-11-18

Ma. del Carmen García Mendoza

Después de expuesto lo anterior, las preguntas que surgen son las siguientes: ¿qué oscuros motivos guiaron al obispo de Puebla al pedirle, o más bien ordenar a Sor Juana que escribiera esa carta? si sabía que no podía desobedecerlo, pues las religiosas hacen voto de obediencia; ¿qué lo motivó a publicarla? cuando no ignoraba que al hacerlo la dejaba a merced para que sus detractores se ensañaran con ella y peor aún, expuesta a que el Santo Oficio la acusara de herejía por atreverse a enjuiciar un sermón de tan alto personaje de la Iglesia. Y más allá ¿por qué el obispo se lavó las manos en este asunto, dirigiéndole una severa reprimenda, firmada con el seudónimo de Sor Filotea de la Cruz, si Sor Juana solo le había obedecido?
Se pudiera pensar que la monja fue utilizada por el obispo (como lo propone Octavio Paz en su ensayo Sor Juana Inés o las trampas de la fe) para retar o provocar al arzobispo de México Francisco Aguiar y Seijas, gran admirador de Vieyra y con quien supuestamente sostenía una pugna disimulada, porque tampoco se puede pensar que una mente tan brillante como la de Sor Juana no fuera consciente de las consecuencias que este escrito le traería, aunque al inicio de la carta aclara que escribe no por voluntad propia sino por mandato. Pudo haberlo hecho sin comprometerse tanto; sin embargo, lo hizo como solo ella era capaz, poniendo su superior intelecto de manifiesto. ¿Soberbia acaso o solo lealtad a sí misma? En mi opinión, a riesgo de equivocarme y guiada solamente por mi mirada de mujer, siento que fue esto último con una gran honestidad y dignidad, pues alguna vez escribió que eran estas lo más valioso que el ser humano posee; de no haber sido así para qué arriesgaba más o, como vulgarmente se dice, para qué ‘echarle más leña al fuego’.
Al contestar la reprimenda del obispo de Puebla con otra carta conocida como “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, a mi parecer fue la búsqueda de la más elemental justicia al sentirse traicionada por el que ella consideraba su aliado. La Respuesta parece ser uno de sus últimos escritos, pero el más admirado, regalándonos a su séquito de admiradores la brillantez de su genio y su indiscutible talento literario. Leerla es un placer y un reto a nuestras neuronas, pudiéndose distinguir en esta carta varios elementos: es una autobiografía donde hace patente el sufrimiento, dada la condición de mujer, que le ha representado seguir el que reconoce su gran pecado: la inclinación al estudio y su gran pasión por las letras. Es una exaltada defensa a su persona y a las ideas expresadas en la Carta Atenagórica, si bien manejado de magistral manera el lenguaje y los argumentos para que no quepa duda de que se rige por preceptos de su orden y de la iglesia católica. Es además una profunda reflexión sobre su vida, que a juicio de analistas determina el rumbo de su futuro. Basten tres párrafos para ejemplificar lo dicho:
“Yo no estudio para escribir ni menos para enseñar, sino solo por ver si con estudiar ignoro menos”. “En un mundo justo o injusto no es de temer, pues deja comulgar e ir a misa, [ya] es decisión de quien lo condena, siendo yo una mujer y además monja (esto se deduce) ni tengo obligación para saber ni aptitud para acertar, luego si lo yerro ni es culpa ni es descrédito. No es culpa pues no tengo obligación, no es descrédito pues no tengo posibilidad de acertar y nadie está obligado a lo imposible” “Su majestad sabe que he pedido a Dios apague la luz de mi entendimiento, dejando solo lo que baste para guardar su ley, pues lo demás sobra en una mujer y aún hay quien diga que daña”.
Después de estos acontecimientos, cesa su producción literaria; vende todas sus pertenencias incluyendo la preciada biblioteca y el producto de esta venta lo destina a obras de caridad y se dedica exclusivamente a la vida conventual. Muere en el año de 1695 contagiada de tifo cuando cuidaba de sus hermanas jerónimas, durante la epidemia que azoló a la Nueva España.
Desde una perspectiva muy personal, creo que esta intriga, acaso complot de que fue objeto Sor Juana Inés de la Cruz, motivado por la envidia y la misoginia de la época, provoca su suicidio intelectual. Pero irónicamente las mismas cartas que causaron su desgracia son las que han puesto de manifiesto toda su grandeza. Así suele ser a veces la justicia divina.
Para finalizar, permítanme rendir humilde homenaje a mi admirada Sor Juana diciendo: ¡Oh infelices, impíos, retrógradas, quisisteis apagar la luz de un intelecto tan brillante y avivar el fuego solo conseguisteis, para que su resplandor se proyectara hacia el infinito de los tiempos!

Comentarios:
asohistori@yahoo.com.mx a cargo de R. Alcántara C.


Edición Impresa
Vida y Sociedad 2017-12-10

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